Dando explicaciones
Después del día de Bristol, afortunadamente, volví a trabajar, ¡y en el primer almacén de Import Services! Tuvo un comienzo bastante chapuza, sin embargo.
A las ocho de la mañana yo estaba delante de las puertas de Aurora, más solo que la una, porque los de Flame se habían equivocado. Fiché a las 8:08 en la primera warehouse y le di mis disculpas a Allan, seguidas de la explicación, expiando mi culpa y echándola como estiércol sobre los flamantes inútiles. Él me dijo que OK y “jump in”, lo que yo creí que significaba “sube al camión porque te estábamos esperando para empezar”, pero ahí arriba ya había un tipo enorme, quiero decir, un polaco de dos por dos con perilla. Para disimular, saludé y me fui a la cinta transportadora.
En ella había otro chico, moreno, con coleta, pelo más corto, liso y dócil que el mío, con el contorno de la barba perfilado, sin bigote, de mi altura, de una complexión más o menos parecida. Y, por primera vez, no tenía pinta de polaco. Muy simpático, me saludó, y enseguida me puse a cargar cajas. Hablaba muy bien el inglés. Me preguntó cómo es que había llegado tarde y yo le expliqué lo que a Allan. Él me respondió que ellos llevaban desde las seis. ¡Jarl! Entonces recordé cómo Gregory me había explicado que en Navidades tuvieron que trabajar de seis a seis él y Voltiek, y que Allan la semana pasada me había dicho que estarían realmente hasta las cejas de trabajo. Pues ahí estaba.
El gigante polaco y él habían estado lunes y martes de seis a seis. Y este miércoles, bueno, acabaríamos a las cuatro y media (es que es llegar yo y todo a tomar por saco). Y entonces, veo a alguien en el forklift. Fue algo impensable. No podía creérmelo. ¡LES! Les había vuelto de su larga travesía transatlántica intentando pescar su ballena blanca y ahí lo teníamos. Lleno de alegría le dije en un inglés chusco: “¡Les, cuánto tiempo sin verte, qué alegría!”, a lo que él respondió escuetamente con su media lengua: “¿Dónde estabas a las seis?”. Rancio como él solo. Y volví a soltar la retahíla blasfemando contra el Olimpo flamígero de siempre.
Los nuevos
El hombre que descargaba el camión era Marius, un polaco padre de familia muy callado, casi mudo. Todo lo que no malgastaba en saliva lo aplicaba descargando como un mulo. Me recordaba a Lennie, el grandullón de “De ratones y hombres”, pero sin ser retrasado. Un buen tipo que de vez en cuando sonreía.
Sin embargo, el otro chico, el chiquitajo, no era menos grande. Era un figura, el tipo de persona que me hubiera gustado ser a mí. Era australiano, lo cual me ayudaba muchísimo en la práctica del inglés, y había pateado más de vez Europa a lo mochilero (backpack en inglés, me lo explicó él); tenía experiencia hablando inglés con extranjeros, por lo que vocalizaba y se esforzaba en ir más lento, además de darme explicaciones como la anteriormente acotada. Su nombre es James, no Bond. En realidad, cuando le pregunté el nombre me respondió Jimmy, aunque rápidamente dijo James. Bueno, pues James se llama. No olvidéis ese nombre.
El desaparecido
Encontré a Gregory el jueves en Flame. Estaba muy disgustado, bueno, cabreado como un basilisco, porque una de las jefas de Import Services lo había despedido por llegar tarde. No fue su culpa, claro, sino de la compañía First Line que había cambiado sin previo aviso sus horarios. Así de mierdas son. Apenas hablé con él. ¿Dónde estará ahora? En fin, aquí cuelgo la foto prometida:
Después del día de Bristol, afortunadamente, volví a trabajar, ¡y en el primer almacén de Import Services! Tuvo un comienzo bastante chapuza, sin embargo.
A las ocho de la mañana yo estaba delante de las puertas de Aurora, más solo que la una, porque los de Flame se habían equivocado. Fiché a las 8:08 en la primera warehouse y le di mis disculpas a Allan, seguidas de la explicación, expiando mi culpa y echándola como estiércol sobre los flamantes inútiles. Él me dijo que OK y “jump in”, lo que yo creí que significaba “sube al camión porque te estábamos esperando para empezar”, pero ahí arriba ya había un tipo enorme, quiero decir, un polaco de dos por dos con perilla. Para disimular, saludé y me fui a la cinta transportadora.
En ella había otro chico, moreno, con coleta, pelo más corto, liso y dócil que el mío, con el contorno de la barba perfilado, sin bigote, de mi altura, de una complexión más o menos parecida. Y, por primera vez, no tenía pinta de polaco. Muy simpático, me saludó, y enseguida me puse a cargar cajas. Hablaba muy bien el inglés. Me preguntó cómo es que había llegado tarde y yo le expliqué lo que a Allan. Él me respondió que ellos llevaban desde las seis. ¡Jarl! Entonces recordé cómo Gregory me había explicado que en Navidades tuvieron que trabajar de seis a seis él y Voltiek, y que Allan la semana pasada me había dicho que estarían realmente hasta las cejas de trabajo. Pues ahí estaba.
El gigante polaco y él habían estado lunes y martes de seis a seis. Y este miércoles, bueno, acabaríamos a las cuatro y media (es que es llegar yo y todo a tomar por saco). Y entonces, veo a alguien en el forklift. Fue algo impensable. No podía creérmelo. ¡LES! Les había vuelto de su larga travesía transatlántica intentando pescar su ballena blanca y ahí lo teníamos. Lleno de alegría le dije en un inglés chusco: “¡Les, cuánto tiempo sin verte, qué alegría!”, a lo que él respondió escuetamente con su media lengua: “¿Dónde estabas a las seis?”. Rancio como él solo. Y volví a soltar la retahíla blasfemando contra el Olimpo flamígero de siempre.
Los nuevos
El hombre que descargaba el camión era Marius, un polaco padre de familia muy callado, casi mudo. Todo lo que no malgastaba en saliva lo aplicaba descargando como un mulo. Me recordaba a Lennie, el grandullón de “De ratones y hombres”, pero sin ser retrasado. Un buen tipo que de vez en cuando sonreía.
Sin embargo, el otro chico, el chiquitajo, no era menos grande. Era un figura, el tipo de persona que me hubiera gustado ser a mí. Era australiano, lo cual me ayudaba muchísimo en la práctica del inglés, y había pateado más de vez Europa a lo mochilero (backpack en inglés, me lo explicó él); tenía experiencia hablando inglés con extranjeros, por lo que vocalizaba y se esforzaba en ir más lento, además de darme explicaciones como la anteriormente acotada. Su nombre es James, no Bond. En realidad, cuando le pregunté el nombre me respondió Jimmy, aunque rápidamente dijo James. Bueno, pues James se llama. No olvidéis ese nombre.
El desaparecido
Encontré a Gregory el jueves en Flame. Estaba muy disgustado, bueno, cabreado como un basilisco, porque una de las jefas de Import Services lo había despedido por llegar tarde. No fue su culpa, claro, sino de la compañía First Line que había cambiado sin previo aviso sus horarios. Así de mierdas son. Apenas hablé con él. ¿Dónde estará ahora? En fin, aquí cuelgo la foto prometida:
3 comentarios:
jajaja tus historias me recuerdan a los buenos culebrones, que te enganchas a ellos y acabas empatizando con sus personajes. Estos polacos son más duros que los que veo yo aquí en Varsovia.
Ha vuelto Les! Viva!
Me gusta ese James, eso que haya recorrido medio mundo con la mochila ;-)
pd: por cierto, cuando cojo el 111 para ir hasta la Universidad de Varsovia, al lado del centro, paso por una ett de trabajo que se llama... FLAME!!!
Dios!!! Aléjate de ella, Marc, ALÉJATE!!! XDDDDD
genial, genial!!
A veces pienso que cuando llegue quiero preguntarte si todo eso es verdad, o al menos que me lo cuentes de una forma más prosaica, porque esto s una novela, estamos en una novela.
Me imaginaba a Gregory más o menos así, supongo que merced a los estereotipos de siempre...
Pq no puedes llamar a James Jimmy? yo creo que le acabarás llamando así! además, es australiano! ;)
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