El jueves emprendieron la aventura dos caballeros de triste figura con una única meta: no pagar. Después de la experiencia lésbico-irlandesa (no es ninguna peli porno del día de Saint Patrick, aunque molaría), nos arrojamos al precipicio del autostopismo. Y llovió. Una lluvia fina y londinense, molesta hasta las trancas, bajo la que nos empapamos a base de bien, mientras los conductores solitarios nos ignoraban o sonreían desde sus coches “tragasoil” de cinco plazas. Recordé, entonces, un eslogan ecologista que Sonia encontró un día en la biblioteca de la universidad de Barcelona: “Save the world, kill yourself”. ¡Qué gran verdad!
Pues al final, y después de que un colombiano portuario nos rallara con coger el autobús y que un grupo de británicos que disfrutaban de su tea-break bajo el inclemente clima nos volvieran a sugerir lo mismo, en una calle apartada, se detuvo un coche. Era un matrimonio de Fidji. El marido había estado con el ejército en el Golfo pero gracias a la religión había abandonado filas. Llevaba en coche a su mujer a una entrevista en Hythe para conseguir una casa nueva, pues debían abandonar los cuarteles donde vivían. Luego, dijeron, nos llevarían a Salisbury.
Mientras la mujer estaba en la entrevista, el marido nos estuvo aleccionando, que si Dios había hecho que nos encontráramos en su camino, que si toda la verdad estaba en la Biblia (llevaba un ejemplar que tenía memorizado de pe a pa, del cual nos hacía citas, que leía en su integridad, en un inglés testamentario y salomónico de erres marcadamente fidjianas), que si debíamos alejarnos de Satán,… En sus confesiones, acabó desvelando que se había ido de prostitutas y que había pegado a su mujer e hijas (tenía dos) antes de ver la luz santa. Demos gracias al Señor por la conversión fundamentalista radical de este hombre en aras de que las mujeres que lo rodean no acaben muertas molidas por los palos, amén.
A ver, pese a la acidez de este texto, nos ayudaron muchísimo. Nos compraron dos bolsas de patatas y dos botellas de agua, un agasajo que nos hizo sentir bastante mal, pues luego nos dimos cuenta que en ningún momento pretendían ir a Salisbury sino que hicieron el trayecto por nosotros. Luego, después de despedirlos, dentro de la catedral, sonó mi nombre, en un fuerte acento de erres requetesonoras. La chapa mística parecía no haber finalizado. Sin embargo, simplemente nos preguntaron, preocupados, si necesitábamos que nos llevaran de vuelta, que se esperaban. Poco es decir que salimos por patas. La bondad de la pareja empezó a parecernos sectaria. Bueno, la pareja… mejor dicho, era él, pues la pobre mujer parecía sobrecargada por un hastío descomunal fruto de poner la otra mejilla más de una vez, cabizbaja y sumisa.
Gente muy buena, demasiado buena tal vez, pero demasiado mala también. Nunca limpios, siempre estamos sucios, siempre cargamos algo que nos hunde en la tierra, en el lodazal de la vida. No más detergentes salvíficos, por favor, aceptemos nuestra mierda y así aceptaremos la mierda de los que no rodean, amén again. Y gracias a Sonia, por la experiencia vivida: aunque alguna vez temí que el tipo nos matara de manera brutal y soporífera, llegamos a Salisbury. Es una pena que sólo fuera la mitad del camino y que el resto de conductores agnósticos nos dejara con la miel de los labios sin poder llegar hasta Stonehenge. ¡Pero cualquiera se lo pedía a los de Fidji, que pensaban que por las noches los satanistas celebraban rituales y sacrificios paganos! ¡Jarl!
PD: Ellos SÍ que conocían el texto de “Los Papalagi” del que surgió el título de esta bitácora. ¡Estaré loco, pero NO ESTOY SOLO! Abogadoooooo… XD
Pues al final, y después de que un colombiano portuario nos rallara con coger el autobús y que un grupo de británicos que disfrutaban de su tea-break bajo el inclemente clima nos volvieran a sugerir lo mismo, en una calle apartada, se detuvo un coche. Era un matrimonio de Fidji. El marido había estado con el ejército en el Golfo pero gracias a la religión había abandonado filas. Llevaba en coche a su mujer a una entrevista en Hythe para conseguir una casa nueva, pues debían abandonar los cuarteles donde vivían. Luego, dijeron, nos llevarían a Salisbury.
Mientras la mujer estaba en la entrevista, el marido nos estuvo aleccionando, que si Dios había hecho que nos encontráramos en su camino, que si toda la verdad estaba en la Biblia (llevaba un ejemplar que tenía memorizado de pe a pa, del cual nos hacía citas, que leía en su integridad, en un inglés testamentario y salomónico de erres marcadamente fidjianas), que si debíamos alejarnos de Satán,… En sus confesiones, acabó desvelando que se había ido de prostitutas y que había pegado a su mujer e hijas (tenía dos) antes de ver la luz santa. Demos gracias al Señor por la conversión fundamentalista radical de este hombre en aras de que las mujeres que lo rodean no acaben muertas molidas por los palos, amén.
A ver, pese a la acidez de este texto, nos ayudaron muchísimo. Nos compraron dos bolsas de patatas y dos botellas de agua, un agasajo que nos hizo sentir bastante mal, pues luego nos dimos cuenta que en ningún momento pretendían ir a Salisbury sino que hicieron el trayecto por nosotros. Luego, después de despedirlos, dentro de la catedral, sonó mi nombre, en un fuerte acento de erres requetesonoras. La chapa mística parecía no haber finalizado. Sin embargo, simplemente nos preguntaron, preocupados, si necesitábamos que nos llevaran de vuelta, que se esperaban. Poco es decir que salimos por patas. La bondad de la pareja empezó a parecernos sectaria. Bueno, la pareja… mejor dicho, era él, pues la pobre mujer parecía sobrecargada por un hastío descomunal fruto de poner la otra mejilla más de una vez, cabizbaja y sumisa.
Gente muy buena, demasiado buena tal vez, pero demasiado mala también. Nunca limpios, siempre estamos sucios, siempre cargamos algo que nos hunde en la tierra, en el lodazal de la vida. No más detergentes salvíficos, por favor, aceptemos nuestra mierda y así aceptaremos la mierda de los que no rodean, amén again. Y gracias a Sonia, por la experiencia vivida: aunque alguna vez temí que el tipo nos matara de manera brutal y soporífera, llegamos a Salisbury. Es una pena que sólo fuera la mitad del camino y que el resto de conductores agnósticos nos dejara con la miel de los labios sin poder llegar hasta Stonehenge. ¡Pero cualquiera se lo pedía a los de Fidji, que pensaban que por las noches los satanistas celebraban rituales y sacrificios paganos! ¡Jarl!
PD: Ellos SÍ que conocían el texto de “Los Papalagi” del que surgió el título de esta bitácora. ¡Estaré loco, pero NO ESTOY SOLO! Abogadoooooo… XD
1 comentario:
Uau... que experiencias... cuanta gente hay por el mundo que tiene historia tan... no se como definirlo, tan raras o tan extraordinarias... no se. Parece un cuento, personajes literarios.
Abrazos, Marc
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