Ya lo he dicho. Es el hombre más triste sobre la faz de la tierra. Tiene 52 años y una moto, le fascinan las dos ruedas. No sé si tenía familia, pero debía de ser una familia de sombras en una pared desconchada. Su rostro no reflejaba ninguna emoción más allá de un estoicismo sólo encontrado en crónicas de soldados en el campo de batalla. Por contra, una suerte de pena descomunal inabarcable en las cuencas de sus dos ojos hundidos y arrugados, una tristeza insoportable que, sin embargo, no podía ser catalogada como tal, te rompía el corazón, no metafóricamente sino an-gus-tio-sa-men-te, cada vez que te dejabas ahogar y matar por el reflejo fantasmal de su mirada.
La dureza de sus facciones enjutas como el rostro de una piedra se hacía eco de esa parsimonia épica de los guerreros atroces pero, cuando llegaba a sus pupilas, siempre como humedecidas pero en realidad secas, algo parecía fallar, algo parecía romperse. Terry siempre miraba al suelo o a una revista, nunca a la cara de aquel a quien hablaba. Podría pensarse que era porque tenía miedo de ponerse a llorar en cualquier momento, pero con el tiempo uno aprendía que esa idea no cabía ahí, que en realidad no miraba a nadie porque el mundo le había dejado interesar, que había un momento en su pasado donde había decidido renunciar y dejarse llevar por los embates brutales del mundo.
Terry sólo miraba a John a la cara. Llevaban ocho años juntos y sólo el tiempo y el pasado podían crear la confidencia suficiente para que John bromeara sobre Terry y a él no le importara. Hablaba de fútbol de una manera totalmente seria e intelectual, como un comentarista a quien le estaban pagando por hacer su trabajo. Hacía análisis profundos que no llegué nunca a descifrar, no porque hablará mal como Les sino porque utilizaba un ritmo monótono y acelerado que daba la impresión de ir muy, muy despacio, como la superficie del agua del mar.
Nunca llegué a penetrar aquella fortaleza inexpugnable. Cuando llegó el día fatídico, la pena que emanaba empezó a propagarse sin barreras que la detuvieran. Y no era Terry, nunca fue él. Acabé comprendiendo que era su relación con el mundo, inexistente, la que producía ese desajuste, esa tristeza enorme que te embargaba cuando lo mirabas quedarse quieto, con las manos en los bolsillos, mirando el barro de sus zapatos, como un muñeco frágil, no a punto de romperse sino roto hace millones de años, que sólo sigue arrastrándose porque todavía no han decidido matarlo.
La dureza de sus facciones enjutas como el rostro de una piedra se hacía eco de esa parsimonia épica de los guerreros atroces pero, cuando llegaba a sus pupilas, siempre como humedecidas pero en realidad secas, algo parecía fallar, algo parecía romperse. Terry siempre miraba al suelo o a una revista, nunca a la cara de aquel a quien hablaba. Podría pensarse que era porque tenía miedo de ponerse a llorar en cualquier momento, pero con el tiempo uno aprendía que esa idea no cabía ahí, que en realidad no miraba a nadie porque el mundo le había dejado interesar, que había un momento en su pasado donde había decidido renunciar y dejarse llevar por los embates brutales del mundo.
Terry sólo miraba a John a la cara. Llevaban ocho años juntos y sólo el tiempo y el pasado podían crear la confidencia suficiente para que John bromeara sobre Terry y a él no le importara. Hablaba de fútbol de una manera totalmente seria e intelectual, como un comentarista a quien le estaban pagando por hacer su trabajo. Hacía análisis profundos que no llegué nunca a descifrar, no porque hablará mal como Les sino porque utilizaba un ritmo monótono y acelerado que daba la impresión de ir muy, muy despacio, como la superficie del agua del mar.
Nunca llegué a penetrar aquella fortaleza inexpugnable. Cuando llegó el día fatídico, la pena que emanaba empezó a propagarse sin barreras que la detuvieran. Y no era Terry, nunca fue él. Acabé comprendiendo que era su relación con el mundo, inexistente, la que producía ese desajuste, esa tristeza enorme que te embargaba cuando lo mirabas quedarse quieto, con las manos en los bolsillos, mirando el barro de sus zapatos, como un muñeco frágil, no a punto de romperse sino roto hace millones de años, que sólo sigue arrastrándose porque todavía no han decidido matarlo.
3 comentarios:
joder Ricardo, sólo me queda decirte... Ánimo, hazle un favor, ¡¡¡mátalo tú mismo!!!
joder tíoooo qué triste es esto!! :-((
No he podido terminar de leerlo :-(
Saludos tristes, Marc
joer, vaya pedazo de retrato! es genial
te estás afinando, chaval, o puliendo, o poliendo o polskiendo...
whatever!
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