martes, 20 de mayo de 2008

La bolsa

No hay viaje que se precie con nosotros en que no nos vuelen algo. Yendo hacia el barco con David me sentía ligero. Tan ligero que no llevaba bolsa a la espalda. Me lo comentó Hatsu y me cagué porque en ella estaba su pasaporte.

Recordaba haberla dejado debajo de la silla en el Gallagher’s. Fuimos allí y, tras pedirle a la maître (¡oh, nunca me imaginé qué pudiera decir esta palabra con tan poco dinero en mi cuenta!) si podía comprobarlo, nos dijo que el camarero no había visto nada. Fuimos entonces a la cafetería, donde descubrimos lo que David temía: si se había quedado allí, era posible que ya la hubiera cogido alguien. Volví al Gallagher’s y le pedí a la maître si podía bajar yo, lo que acabó aceptando. No había nada debajo de los asientos. Al final, ella me tomó el nombre y el teléfono y nos marchamos a ver el barco.

Al día siguiente, tendríamos que ir a la embajada a denunciar la pérdida del pasaporte, lo que era un peñazo. Recordamos, entonces, que los billetes de la fábrica de la Guinness, comprados por internet, también iban en la bolsa. Tendríamos que volverlos a imprimir desde un ciber.

Cuando paseábamos por el futuro Maremágnum de Dublín, entre sus palotes rojos que serían un paseo de farolas de lo más original, toqué algo en mi bolsillo, algo que nunca antes había estado ahí. No era una erección, no, era una llave. La llave de la taquilla de la biblioteca donde tuvimos que dejar la bolsa para entrar a ver las exposiciones que estaban clausuradas. ¡Con los libros japoneses y la llamada de David se me fue el santo al cielo!

Más tranquilos, seguimos paseando. David me dijo: o sea, que hemos tenido que volver pateando al restaurante y luego a la cafetería y luego al restaurante otra vez ¡¿para nada?! Así fue. Al día siguiente nos tocó volver a la biblioteca. Yo tenía una comezón, sin embargo, y no era clamidia. Acerté de pleno. La biblioteca estaba cerrada y nosotros partíamos la mañana del día siguiente, sin posibilidad de recuperarla.

Tras los cristales vio a un tipo, un tipo irlandés, hosco, y me estampé contra los vidrios aporreándolos, pidiéndole por favor que me abriera, que… el tipo no era de ahí. Llamó a otro, que sí que lo era, que iba con el uniforme. Le enseñé la llave y el segurata, con la sonrisa afable y un ademán de “Otro turista cabezahueca sin memoria”, me abrió y me dejó coger el macuto negro y medio raído del fondo de la taquilla. Así acababa un suceso que le había tocado “la bolsa de los cojones” a más de uno.

5 comentarios:

Marc dijo...

jajaja qué buena esa historia... me ha gustado cómo la cuentas, como de costumbre chiquillo :-) además con un buen happy ending!

Muy bien!

Anónimo dijo...

No puedo imaginar la ira de Hatsue cuando descubrió que había perdido el pasaporte... el suceso de la cámara en Glastonbury se quedaría en nada! :P

Pero en el fondo te compadezco Hatsue, porque alguien que se deja bolsas en taquillas y el fuego encendido más horas de las necesarias... no sé, tal vez un día se olvide de volver a casa, por decir algo.

Petons a los doooos! xD

Anónimo dijo...

Petons para vosootrooos tambiéeen.

Por cierto, estás baneada por bocas.

XDDDDDDDDDDDD

Anónimo dijo...

me parto, un día de estos lo que te olvidas es la cabeza.

Anónimo dijo...

Bueno, si me olvido la cabeza tampoco pasa nada. Nunca llevo sombrero. XD