martes, 15 de julio de 2008

Los buseros

Tanto tiempo y aquí nadie ha preguntado por los buseros. Bueno, pues ahora voy a hablar de ellos y no quiero ninguna queja. De los conductores que quiero hablar son los del 21, que es el autobús o, mejor dicho, carricoche que me lleva hasta el polígono industrial de Nursling. La razón de ser éstos y no otros es porque, inconcebiblemente, cada día hay un conductor diferente en el 6 o en el 17, nunca se repiten, igual que los pasajeros; a excepción de una chica filipina que iba a hacer las prácticas al General Hospital (presuposiciones mías), quien me hacía mucha gracia porque iba a coger el autobús a las seis y media acompañada de su novio (presuposiciones mías) que además era inglés o tenía la pinta —a parte de ella, no he coincidido con nadie más de una vez en el autobús.

El 21, en cambio, es como más casero (este comienzo se parece al principio de un monólogo del Club de la Comedia, ¿no? XD). Llega la autocaravana destartalada a las siete y veintisiete que te para, con más o menos los mismos currantes, pocos, hay veces que incluso nadie, ni siquiera la mujer rubia que debe de cogerlo de siempre porque todos la conocen y saludan, a lo que ella responde con un gritito inglés crispante de por sí, pero aún más destrozador de mala mañana —pues eso, que hay veces que el autobús es un ataúd hueco sólo para mí, para mí y el busero. Hay tres a destacar (puede que en total hayan sido cinco, pero no son tan significativos). El primero y menos importante es el Abuelo. No es Fernando Fernán Goméz, “entiéndesemele”. Siempre es puntual y conduce bastante bien. No puedo tener queja de él.

El segundo es el Sacamantecas, el Camionetas, el primo de los Romper o de Dave Arcari. Debe de vivir en una roulotte por lo menos, bebiendo cervezas de medio litro frente al televisor y disparando a los coyotes (aunque siendo Inglaterra, más bien agujereará cráneos de zorro, pero en fin). Tiene el pelo largo pero recortado por los lados, un bigotaza de Hule Hogan y un gran tatuaje que le asoma bajo la manga corta del uniforme (manga corta hasta en invierno, ¡con dos cojones!). Es tan chulo que, los días en que iba sólo conmigo, se encendía un piti y dejaba abierta la puerta del autobús, y conducía con la puerta así y fumando, ¡con otros dos cojones! EL hombre no conduce mal y, al principio, parecía bastante enrollado. Aunque un día fue bastante borde y otro rusco y, en fin, qué más se le puede pedir al hombre si se ha quedado sin camión y tiene que conducir un bus que es una mierda.

El tercero es el personaje más execrable que he conocido en estos parajes. Un inglés gilipollas como hay pocos. El primer encuentro fue un jarro de agua fría. Siete y media, yo con mi pase para todo el día, el llamado “FirstDay Ticket”, £3,50 para más información, y va y me suelta que no puedo ir hasta Nursling con él porque el polígono queda fuera de los límites de la ciudad. Primera noticia. Luego, con el tiempo descubrí que es verdad, que hay dos FirstDay Ticket, uno para Soton y otro para Soton y alrededores, el cual ya sube a £4,80. Lo que me jode es que, primero, no informaran de ello en el folleto los cabrones de la compañía (¡imaginaos que no llevo dinero!) y, segundo, que Nursling está a una parada de lo límites y que todos los buseros pasan de cobrar, porque es de usureros y rancios. Pero este no. Este me cobra sus 80p de recargo. “I have to charge you”, me soltó; y es cierto que me cargó, y me carga.

Porque, además, es el que peor conduce, quien siempre llega tarde y por culpa de quien, estoy convencido que ese día estaba él al volante, llegué tarde al trabajo, cuando Aurora, la segunda warehouse de Import Service, estaba abierta. Un día llegó diez minutos tarde y me dijo que lo sentía, que se había dormido, y que no me iba a cobrar, como si me hiciera un favor. Pago resignado. Al principio pensaba quejarme, pero me dio miedo que los de la compañía descubrieran que los otros no cobraban el recargo y les obligaran a hacerlo. El busero imbécil va de chulangas cuando es un mierdas. Tiene ojos de yonqui, cocainómano concretamente, y ahora en verano lleva unos pantalones cortos de cartero inglés, azul marino, de lo más ridículos. Me da ganas de matarlo. Lo odio con toda mi alma.

Y hasta aquí mi redacción sobre los conductores de autobús de este atípico lugar. No deberían decir “mad as a hatter”, más bien, “mad as a bus driver”, porque esto es para volverse tarumbas, la verdad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

jajajjajajajajjaja, de nuevo tu auténtica voz de "hasta los mismísimos bollocks de los ingleses", ese aningunsitio malhumorado y asesino!!!!

m ha encantado, me cae genial el segundo conductor, querría casarme con él si no sospechara que la higiene personal no debe ser su fuerte...

el último busero es verdaeramente un hijoputa con todas las de la ley, pero en Espaa también tenemos muchos de esa calaña de gilipollas comemierdas.

Madame