Y al tercer día, despertó
El lunes después del ya histórico “Viernes Naranja” (viene después del “Jueves Negro”), estaba remoloneando entre las sábanas, a las ocho, en ese estado en el que estás debatiéndote entre despertarte porque ya no tienes sueño o quedarte en la cama haciendo un esfuerzo por volver a dormirte, pues siempre se prueba a ver hasta dónde se puede alargar el placer. Hatsu estaba en la cocina desayunando, pues era su primer día del nuevo semestre y le había tocado una estúpida clase informativa a las nueve. Entonces, mi teléfono empezó a sonar, lo oía desde la salita pero apenas podía creérmelo. El timbre empezó a elevar su volumen hasta que la puerta del dormitorio se abrió y apareció Hatsu, con el móvil en la mano centelleando como una discoteca, emitiendo las siguientes palabras: “Son los de la Flame”.
Jarro de agua fría. Un lunes. A las ocho. Así son las cosas.
El éxodo a través del desierto
Gemma, la rubia putón de Flame que no tiene nada que ver con mi pokemona angelical favorita de Rubí, me preguntaba por qué no había ido a Import Services, la warehouse donde trabajo con Allan, y yo le respondí que era la primera noticia que tenía. Me replicó que el viernes me habían enviado un mensaje (texteado, si hablamos a la inglesa) y yo contesté que el único mensaje que había recibido era el de no ir a trabajar a la farm. Me dijo que OK, y que si podía ir a Import Services. Mi respuesta, cómo no, fue afirmativa. Tres sándwiches (monstruo ortográfico creado por la RAE), un zumo, un yogurt, la botella de agua, el chaleco fosforito, la faja weightlifting, cepillada de dientes, y salir pitando enfundado en la ropa de trabajo para coger el seis hasta Redbridge, desde donde caminar casi veinte minutos a lo largo de una autopista. A punto de llegar a la warehouse, las diez menos diez, los de la agencia.
Que dónde estoy. Pues que estoy llegando. Pues tienes que ver a un tipo en la puerta. Que estoy llegando, que ahora empiezo a ver la entrada. Que si lo veo. Que no. Que tengo que ir a la otra. Que qué otra. La otra warehouse de Import Services. ¿La otra? ¿Y dónde está? Whatchachá. ¿Sorry? Watchachú. Veo a Allan al otro lado de los barrotes. Le digo a Gemma que veo a Allan al otro lado de los barrotes, cuelgo, y me dirijo a él como si fuera a asaltarle. La ayuda no es mucho mayor. Él me lo explica todo de nuevo, y con señales me indica que está en la misma calle, más abajo. Como me cuesta horrores (HO-RRO-RES) entenderlo y estoy desorientadísimo por el ritmo en el que está pasando todo, creo que me está diciendo que debo pasar una “ORRORA”, lo cual me deja todavía más en bragas. Finalmente, descubro que “ORRORA” es el nombre de la otra warehouse (¡qué feo!, pienso) y me voy después de darle las gracias al bueno de Allan, pues me sienta fatal hacerle repetir todo dos veces (de ahí que la mitad de veces que no lo entiendo, no le pregunte y acabé enterándome de lo que debo hacer a través de terceras personas).
Bueno, hubo un poco más de follón, porque me metí en la parte trasera del mismo almacén. Por suerte, allí había un señor con gafas muy simpático, que en un inglés tan entendible como educado, me comunicó que “ORRORA” estaba a trescientos metros calle abajo, a mano derecha. Llegué que serían las diez y cinco. Resultó ser el sitio donde había ido a descargar un día con Gregory y Les (apuntado en el texto Cosas que me llevan a afirmar que Les es el puto amo). No me fijé entonces en el cartel enorme y granate de la puerta. En letras gigantes se podía leer claramente AURORA (¡qué bonito!, pensé).
El lunes después del ya histórico “Viernes Naranja” (viene después del “Jueves Negro”), estaba remoloneando entre las sábanas, a las ocho, en ese estado en el que estás debatiéndote entre despertarte porque ya no tienes sueño o quedarte en la cama haciendo un esfuerzo por volver a dormirte, pues siempre se prueba a ver hasta dónde se puede alargar el placer. Hatsu estaba en la cocina desayunando, pues era su primer día del nuevo semestre y le había tocado una estúpida clase informativa a las nueve. Entonces, mi teléfono empezó a sonar, lo oía desde la salita pero apenas podía creérmelo. El timbre empezó a elevar su volumen hasta que la puerta del dormitorio se abrió y apareció Hatsu, con el móvil en la mano centelleando como una discoteca, emitiendo las siguientes palabras: “Son los de la Flame”.
Jarro de agua fría. Un lunes. A las ocho. Así son las cosas.
El éxodo a través del desierto
Gemma, la rubia putón de Flame que no tiene nada que ver con mi pokemona angelical favorita de Rubí, me preguntaba por qué no había ido a Import Services, la warehouse donde trabajo con Allan, y yo le respondí que era la primera noticia que tenía. Me replicó que el viernes me habían enviado un mensaje (texteado, si hablamos a la inglesa) y yo contesté que el único mensaje que había recibido era el de no ir a trabajar a la farm. Me dijo que OK, y que si podía ir a Import Services. Mi respuesta, cómo no, fue afirmativa. Tres sándwiches (monstruo ortográfico creado por la RAE), un zumo, un yogurt, la botella de agua, el chaleco fosforito, la faja weightlifting, cepillada de dientes, y salir pitando enfundado en la ropa de trabajo para coger el seis hasta Redbridge, desde donde caminar casi veinte minutos a lo largo de una autopista. A punto de llegar a la warehouse, las diez menos diez, los de la agencia.
Que dónde estoy. Pues que estoy llegando. Pues tienes que ver a un tipo en la puerta. Que estoy llegando, que ahora empiezo a ver la entrada. Que si lo veo. Que no. Que tengo que ir a la otra. Que qué otra. La otra warehouse de Import Services. ¿La otra? ¿Y dónde está? Whatchachá. ¿Sorry? Watchachú. Veo a Allan al otro lado de los barrotes. Le digo a Gemma que veo a Allan al otro lado de los barrotes, cuelgo, y me dirijo a él como si fuera a asaltarle. La ayuda no es mucho mayor. Él me lo explica todo de nuevo, y con señales me indica que está en la misma calle, más abajo. Como me cuesta horrores (HO-RRO-RES) entenderlo y estoy desorientadísimo por el ritmo en el que está pasando todo, creo que me está diciendo que debo pasar una “ORRORA”, lo cual me deja todavía más en bragas. Finalmente, descubro que “ORRORA” es el nombre de la otra warehouse (¡qué feo!, pienso) y me voy después de darle las gracias al bueno de Allan, pues me sienta fatal hacerle repetir todo dos veces (de ahí que la mitad de veces que no lo entiendo, no le pregunte y acabé enterándome de lo que debo hacer a través de terceras personas).
Bueno, hubo un poco más de follón, porque me metí en la parte trasera del mismo almacén. Por suerte, allí había un señor con gafas muy simpático, que en un inglés tan entendible como educado, me comunicó que “ORRORA” estaba a trescientos metros calle abajo, a mano derecha. Llegué que serían las diez y cinco. Resultó ser el sitio donde había ido a descargar un día con Gregory y Les (apuntado en el texto Cosas que me llevan a afirmar que Les es el puto amo). No me fijé entonces en el cartel enorme y granate de la puerta. En letras gigantes se podía leer claramente AURORA (¡qué bonito!, pensé).
2 comentarios:
tengo dudas: la tal Gemma es catalana o inglesita?
tus conversaciones telefónicas anglófnas tienen ese nivel?? uauh
de verdad ha desaparecido Les para siempre de nuestras vidas??? (nooo, mamá...)
de verdad crees que es más monstruo "sándwich" que "sandvitx"??? Interpela ahora a la Real Academia de la Lengua Catalana (if that exists)!
Gemma = catalana
nivel de inglés = lágrimas
les = se fue a pescar
sándwiches = sandvitxos
:)
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