Naranjas Bubba-list
—Oye, Forest, ¿te gustan las naranjas?
—Sí, ¿por qué? ¿Es que tienes naranjas, Bubba? Porque si tienes, podríamos hacer un zumo. ¡Me encanta el zumo de naranjas! De pequeño, mi madre siempre solía hacérmelo todas por las mañanas. Solía decir mientras las exprimía que la vida es como el zumo de naranjas: te exprimen hasta la última gota, se quedan con todo lo bueno que tienes y cuando ya te han dejado seco, te echan a la basura y van a por otro.
—¿Sabías que trabajé en una warehouse llamada “the farm” donde examinaba naranjas?
—Mm. ¿Con eso quiere decir que no vas a hacer zumo, Bubba?
—Pues trabajé en una warehouse llamada “the farm” donde examinaba naranjas, y las había de muchísimos tipos: las había redondas y las había con forma de balón de rugby, y algunas tenían unos bultos enormes en uno de los lados —¿las cosas redondas tienen lados o uno solo que las rodea todas?—, bultos que parecían naranjas pequeñas siamesas, no mandarinas, naranjas pequeñas, Forest, aunque a veces los bultos se volvían verdes y parecían tumores; había también naranjas con un lado plano como el culo de un vaso, porque habían sido cortadas por las máquinas, o porque estaban achafadas; la textura de algunas era rugosa como la cara de una bruja, de esas con verrugas de las películas, y otras veces lisa como la piel de un bebé, aunque había lisas con la piel moteada que, cuando las veías de lejos, parecían rugosas; podían ser grandes como pomelos o pequeñas como pelotas de ping y pong; podían ser de color naranja, amarillo, verde, negro o gris si estaban podridas, y rojas cuando estaban demasiado maduras, y marrones si estaban aplastadas contra el suelo de barro; cuando veía toda la avalancha de naranjas viniendo hacia mí —pues con el ruido de la cinta girando sin parar parecía que se derrumbaba una montaña enorme—, había veces que creía que no las naranjas no eran naranjas, ¿sabes lo que quiero decir, Forest?; me pensaba que eran limones cuando veía que eran pequeñas, alargadas y amarillas, con ese bulto de pera en cada punta, como balones de rugby, ya te he dicho; parecían pomelos cuando eran grandes, lisas y perfectamente redondas; manzanas golden, cuando su piel era verde y lisa; fruta podrida cuando estaban negras o marrones o grises, porque no siempre es que estuvieran podridas, sólo lo aparentaban, Forest; incluso algunas parecían calabazas mutantes por los tumores que les nacían en el lado o en los lados, no sé; pero eran naranjas, Forest, aunque parecieran cualquier otra cosa; y luego, muchas se caían y se mezclaban con la tierra mojada por la lluvia, y se formaban unos charcos enormes y apestosos que olían a naranjas, pero también a podrido y a mierda. En fin, ya sabes, naranjas.
—Bubba…
—¿Qué, Forest?
—Olvida lo del zumo. Creo que ya no me apetece.
Delirium tremens
Tras pasar más de una hora mirando una cinta llena de fruta rica en vitamina C, hay un instante crucial en que ésta se detiene. La cinta deja de moverse y es el resto del mundo el que se mueve, de manera similar a como lo hacen los árboles que acompañan a los trenes, pero peor, ya que no es una situación curiosa y divertida sino, más bien, como un ataque de vértigo mezclado con una alucinación psicotrópica de costo en mal estado. Horrible.
—Oye, Forest, ¿te gustan las naranjas?
—Sí, ¿por qué? ¿Es que tienes naranjas, Bubba? Porque si tienes, podríamos hacer un zumo. ¡Me encanta el zumo de naranjas! De pequeño, mi madre siempre solía hacérmelo todas por las mañanas. Solía decir mientras las exprimía que la vida es como el zumo de naranjas: te exprimen hasta la última gota, se quedan con todo lo bueno que tienes y cuando ya te han dejado seco, te echan a la basura y van a por otro.
—¿Sabías que trabajé en una warehouse llamada “the farm” donde examinaba naranjas?
—Mm. ¿Con eso quiere decir que no vas a hacer zumo, Bubba?
—Pues trabajé en una warehouse llamada “the farm” donde examinaba naranjas, y las había de muchísimos tipos: las había redondas y las había con forma de balón de rugby, y algunas tenían unos bultos enormes en uno de los lados —¿las cosas redondas tienen lados o uno solo que las rodea todas?—, bultos que parecían naranjas pequeñas siamesas, no mandarinas, naranjas pequeñas, Forest, aunque a veces los bultos se volvían verdes y parecían tumores; había también naranjas con un lado plano como el culo de un vaso, porque habían sido cortadas por las máquinas, o porque estaban achafadas; la textura de algunas era rugosa como la cara de una bruja, de esas con verrugas de las películas, y otras veces lisa como la piel de un bebé, aunque había lisas con la piel moteada que, cuando las veías de lejos, parecían rugosas; podían ser grandes como pomelos o pequeñas como pelotas de ping y pong; podían ser de color naranja, amarillo, verde, negro o gris si estaban podridas, y rojas cuando estaban demasiado maduras, y marrones si estaban aplastadas contra el suelo de barro; cuando veía toda la avalancha de naranjas viniendo hacia mí —pues con el ruido de la cinta girando sin parar parecía que se derrumbaba una montaña enorme—, había veces que creía que no las naranjas no eran naranjas, ¿sabes lo que quiero decir, Forest?; me pensaba que eran limones cuando veía que eran pequeñas, alargadas y amarillas, con ese bulto de pera en cada punta, como balones de rugby, ya te he dicho; parecían pomelos cuando eran grandes, lisas y perfectamente redondas; manzanas golden, cuando su piel era verde y lisa; fruta podrida cuando estaban negras o marrones o grises, porque no siempre es que estuvieran podridas, sólo lo aparentaban, Forest; incluso algunas parecían calabazas mutantes por los tumores que les nacían en el lado o en los lados, no sé; pero eran naranjas, Forest, aunque parecieran cualquier otra cosa; y luego, muchas se caían y se mezclaban con la tierra mojada por la lluvia, y se formaban unos charcos enormes y apestosos que olían a naranjas, pero también a podrido y a mierda. En fin, ya sabes, naranjas.
—Bubba…
—¿Qué, Forest?
—Olvida lo del zumo. Creo que ya no me apetece.
Delirium tremens
Tras pasar más de una hora mirando una cinta llena de fruta rica en vitamina C, hay un instante crucial en que ésta se detiene. La cinta deja de moverse y es el resto del mundo el que se mueve, de manera similar a como lo hacen los árboles que acompañan a los trenes, pero peor, ya que no es una situación curiosa y divertida sino, más bien, como un ataque de vértigo mezclado con una alucinación psicotrópica de costo en mal estado. Horrible.
1 comentario:
A la pregunta d eMarc:
No he posteado antes porque, aunque os sorprenda, estaba trabajando.
XDDDDD
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