
Durante el regreso a Southampton, aprovechamos que debíamos pasar por Bornemouth, donde estaba el aeropuerto, y nos quedamos en la ciudad hasta las siete de la tarde que salía el último el autocar.
Fue un día fantástico. Quién nos iba a decir que el tiempo de Inglaterra nos iba a ser tan agradable. Del viento molesto y el frío de la capital irlandesa a un clima templado donde un sol primaveral y una calidez otoñal nos acogían rodeándonos de jardines en flor y helados y playa.
Paseando tranquilamente recorrimos la pequeña ciudad. Fuimos atravesando los arbustos floridos de los jardines resplandecientes de verde que guiaban hasta la playa. ¿Qué mejor trazado urbanístico que ese?

En la playa, soplaba una brisa fresca. Hatsue y yo nos descalzamos y caminamos sobre una arena que no era demasiado fina ni demasiado. Estuvimos hablando echados mirando el mar con los pies enterrados. Jaime no se quitó sus botas y Miguel desapareció, como a veces hace, con su cámara en mano, a vagabundear un poco.
Al rato volvió y nos dijo que había unas escaleras que subían por el roquedal hasta la ciudad, que se elevaba hacia el horizonte. Levantamos campamento y caminamos blandamente hasta el lugar, arrastrando los pies, como vencidos por el marasmo de una día de vacaciones de verano.

Desde el último escalón, se podía disfrutar de una vista preciosa. La brisa continuaba soplando y todo era sencillamente perfecto. Una sensación que podría empujarme, despeñarme, matarme por las zaheridoras rocas de la cursilería… lo hace y no me importa. Porque ese día fui feliz, realmente feliz. Estuve contento de estar y sentirme vivo.
El sol, el mar, el paseo sin meta, esa especie de nostalgia y tristeza evocadoras de los recuerdos de los veranos en Tossa con mis padres, el paisaje, el aire, todos me despojaban del cinismo en el que me escudo. Ese día cambié, por unos instantes cambié y lo vi todo claro, deseé ser feliz y no darle más vueltas a todo: aceptar la brisa tal como viene, izar velas y disfrutar de la travesía.
Fue un día fantástico. Quién nos iba a decir que el tiempo de Inglaterra nos iba a ser tan agradable. Del viento molesto y el frío de la capital irlandesa a un clima templado donde un sol primaveral y una calidez otoñal nos acogían rodeándonos de jardines en flor y helados y playa.
Paseando tranquilamente recorrimos la pequeña ciudad. Fuimos atravesando los arbustos floridos de los jardines resplandecientes de verde que guiaban hasta la playa. ¿Qué mejor trazado urbanístico que ese?

En la playa, soplaba una brisa fresca. Hatsue y yo nos descalzamos y caminamos sobre una arena que no era demasiado fina ni demasiado. Estuvimos hablando echados mirando el mar con los pies enterrados. Jaime no se quitó sus botas y Miguel desapareció, como a veces hace, con su cámara en mano, a vagabundear un poco.
Al rato volvió y nos dijo que había unas escaleras que subían por el roquedal hasta la ciudad, que se elevaba hacia el horizonte. Levantamos campamento y caminamos blandamente hasta el lugar, arrastrando los pies, como vencidos por el marasmo de una día de vacaciones de verano.

Desde el último escalón, se podía disfrutar de una vista preciosa. La brisa continuaba soplando y todo era sencillamente perfecto. Una sensación que podría empujarme, despeñarme, matarme por las zaheridoras rocas de la cursilería… lo hace y no me importa. Porque ese día fui feliz, realmente feliz. Estuve contento de estar y sentirme vivo.
El sol, el mar, el paseo sin meta, esa especie de nostalgia y tristeza evocadoras de los recuerdos de los veranos en Tossa con mis padres, el paisaje, el aire, todos me despojaban del cinismo en el que me escudo. Ese día cambié, por unos instantes cambié y lo vi todo claro, deseé ser feliz y no darle más vueltas a todo: aceptar la brisa tal como viene, izar velas y disfrutar de la travesía.

7 comentarios:
Copirray
La foto 2 es de Miguel Caulfield.
Las fotos 1 y 4 de Hatsue.
Que bonito que fue!!!
Y sobre todo después del frío que pasamos en Dublín!
JO, qué bonito...
vs lo bonito que es sentirse cursi a veces???
me ha gustado mucho tu texto, muy profundo y sencillo a la vez.
Madame
que guay!... me sumo a la opinion de nuestra madame. Me alegro mucho de haber leido este texto y de esas vivencias que describes. Me gusto eso que dices de tu cinismo... creo que aciertas muy bien, cada uno nos escondemos en algo, no?
Al leerlo me han venido muchos recuerdos de bromas tuyas jeje...
Muchos abrazos, Marc
que bonito día si señor, quien iba a decirnos que disfrutaríamos un soleado día de playa con helado incluido en Inglaterra, ves, si esto no esta tan mal. Recuerdo como ese día tenías tantas ganas de vivir, será por el sol,y sera por eso que en Islandia y por ahí se suicidan tanto. Si es que al final aún somos bichos de tierra y necesitamos del sol para vivir, que cosas.
Yo siempre me acuerdo de Chambao cantando eso de:
"Como los lagartos, yo busco el solecito"
Pues eso, como los lagartos.
Yo siempre me acuerdo de Chambao cantando eso de:
"Como los lagartos, yo busco el solecito"
Pues eso, como los lagartos.
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