viernes, 18 de enero de 2008

El tercer día

Cuando me desperté el miércoles las piernas me temblaban y los brazos me dolían: no podía levantarlos por encima de la cabeza. El dedo índice de la mano izquierda no podía doblarlo, a pesar de que comparándolo con el de la derecha no parecía estar hinchado. Dudé tanto esa mañana que recurrí a Hatsu (six in the morning, sorry!). La desperté con la esperanza de que, envuelta en un manto de lágrimas, se echara a mis pies y me suplicara que no marchara hacia Troya. Su respuesta fue: “Espartano, vuelve con tu escudo o sobre él”… bueno, más o menos. Me dijo que si fuera ella, iría, al menos para decir que no podía trabajar. A mí el “si fuera yo” me golpeó en el orgullo más que nada en el mundo, y por eso fui, aunque durante el trayecto de autobús sólo quería volver a meterme en la cama.

¡Pero el día estuvo de puta madre! Pegamos etiquetas en cajas de barajas de cartas (Winning moves), descargamos cuatro camiones de artículos apenas pesados, tuve buenas y entretenidas charlas con Gregory y Voltiek,… Al final, valió la pena no echarse atrás porque, desde entonces, después del maldito segundo día con el matador número 252, todo ha ido como la seda. Bueno, perfecto hasta el octavo día. Ya se sabe lo malo que es el octavo pasajero…

2 comentarios:

eightiesfan04 dijo...

porque las mujeres sabemos lo q es sufrir... XD

Anónimo dijo...

jajajaja... me parece que no tenéis el monopolio del sufrimiento...