En el poquísimo tiempo que llevo trabajando en el almacén, a Voltiek lo han mandado a otro lugar y han venido dos chicos, ambos polacos, ambos de Flame Jobs, de los cuales sólo se ha mantenido uno, que es Greg (no confundir con Gregory).
En su segundo día de trabajo, Greg llegó tarde porque el coche del amigo que lo traía se había estropeado. Entonces, me preguntó por el autobús. ¡Ay! El trayecto en transporte privado apenas te consume quince minutos de tu tiempo (a saber cuánto de gasolina) pero el público consume ¡hora y media! ¿Cómo?, os preguntaréis.
Un autobús sotonés tiene la particularidad de que, en contra del sentido lógico, no piensa que el camino más corto entre dos puntos sea la línea recta. Tampoco, debe decirse, se le puede culpar de todo, porque el ingeniero de caminos que diseñó las carreteras del pueblo era un hijo de puta. Un hijo de puta, sí, señoras y señores. O un bastardo o un beodo, porque no hay nada recto y las calles no se conectan de manera práctica, de tal modo que dos calles paralelas no van a parar al mismo sitio, pues una de ellas se corta o se desvía.
Hay que añadir que operan tres compañías diferentes, con recorridos diferentes y tarifas distintas cuyos bonos no son “convalidables” entre ellas. El trayecto de los autobuses es “muy curvo” y acostumbra a cubrir una zona muy concreta; la cubren tan bien que hay montones de paradas inútiles que alargan angustiosamente el viaje; por no hablar de los transbordos, que dilatan fastidiosamente las horas durante los días de lluvia, ya sea por retrasos, ya sea a causa de la sensación molesta de estar totalmente empapado.
Porque aquí, a pesar de saberse que UK es el único lugar donde el diluvio del viejo Noé se repite diariamente, no parecen estar preparados para cuatro gotitas de nada: los autobuses son incapaces de llegar a la hora cuando hay charcos y las marquesinas son tan pequeñas que apenas sirven de refugio, ni siquiera llegan a cabaña del tío Tom.
Después de soltarle este rollazo a Greg, me di cuenta que, horario en mano, él apenas tardaba quince minutos en llegar a su casa, cinco veces menos que yo. Lo juro: en ese momento, lo odié.
En su segundo día de trabajo, Greg llegó tarde porque el coche del amigo que lo traía se había estropeado. Entonces, me preguntó por el autobús. ¡Ay! El trayecto en transporte privado apenas te consume quince minutos de tu tiempo (a saber cuánto de gasolina) pero el público consume ¡hora y media! ¿Cómo?, os preguntaréis.
Un autobús sotonés tiene la particularidad de que, en contra del sentido lógico, no piensa que el camino más corto entre dos puntos sea la línea recta. Tampoco, debe decirse, se le puede culpar de todo, porque el ingeniero de caminos que diseñó las carreteras del pueblo era un hijo de puta. Un hijo de puta, sí, señoras y señores. O un bastardo o un beodo, porque no hay nada recto y las calles no se conectan de manera práctica, de tal modo que dos calles paralelas no van a parar al mismo sitio, pues una de ellas se corta o se desvía.
Hay que añadir que operan tres compañías diferentes, con recorridos diferentes y tarifas distintas cuyos bonos no son “convalidables” entre ellas. El trayecto de los autobuses es “muy curvo” y acostumbra a cubrir una zona muy concreta; la cubren tan bien que hay montones de paradas inútiles que alargan angustiosamente el viaje; por no hablar de los transbordos, que dilatan fastidiosamente las horas durante los días de lluvia, ya sea por retrasos, ya sea a causa de la sensación molesta de estar totalmente empapado.
Porque aquí, a pesar de saberse que UK es el único lugar donde el diluvio del viejo Noé se repite diariamente, no parecen estar preparados para cuatro gotitas de nada: los autobuses son incapaces de llegar a la hora cuando hay charcos y las marquesinas son tan pequeñas que apenas sirven de refugio, ni siquiera llegan a cabaña del tío Tom.
Después de soltarle este rollazo a Greg, me di cuenta que, horario en mano, él apenas tardaba quince minutos en llegar a su casa, cinco veces menos que yo. Lo juro: en ese momento, lo odié.
1 comentario:
Me da pena que ya no está Voltiek, me encanta su nombre... es tan... polaco.
Jopetas, haz que vuelva!
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