martes, 11 de marzo de 2008

Ley de Murphy

Todas estas semanas, durante las que apenas había trabajo, estuve a la entera disposición de Import Services, o de quien se prestara. El martes de la astilla maldita, a punto de finalizar la jornada, el bueno de Allan me dijo que la semana siguiente sería bastante “busy” y me preguntó si podría contar conmigo. ¡Mierda!, maldije. ¡MIERDA!

Le respondí que podía todos los días menos el martes, porque venía una amiga mía y debía ir a recogerla a Bristol. En parte, mi contestación fue sincera. No tenía la obligación de ir, pero Hatsue y yo habíamos planeado pasar el día allí con Sonia. Dudé en cancelar mi viaje, pero pensé que YO no me merecía eso, que había estado siempre para cualquier cosa y que ELLOS no me habían llamado. No era mi culpa.

Allan me dijo que lo entendía y que no me preocupara porque no les pediría a los de Flame un número indeterminado de trabajadores, preguntaría por mí. Eso, pese a lo que ya se me anunciaba como una perdida de horas laborables para el futuro, me reconfortó. Allan contaba conmigo. La ley de Murphy se iba a tener que joder esta vez.

2 comentarios:

Marc dijo...

Muy bien! Así se habla! ;-)

Madame Blavatsky dijo...

a poner los huevos encima de la mesa, joder!!!
qué se han pensado estos putos herejes!!!